Michio
“¿Qué
pasaría después de haberle dicho mis sentimientos? ¿Qué pensará? ¿Me
corresponderá o solo seré una persona más rechazada por su mejor amigo? ¿Es que
acaso yo no merezco amar? ¿O sencillamente no es él el indicado? ¿Por qué tenía
que enamorarme ahora? Apenas lo conozco, o sé de él. ¿Cómo pude, cómo puedo,
confiar en él? ¡¿Qué ha hecho él por mí?!”
Entonces,
fue en ese momento en que Michio se dio cuenta que William, a pesar de no haber
hecho nada por él, que cambiara algo (externo), esas pequeñas cosas, esas
pequeñas atenciones, lo habían ido enamorando…poco a poco…
“¡Yo
no me enamoro fácil! ¡Yo no lo amo! Entonces… ¿Por qué le había dicho que me
gustaba si no es así? ¡¿Por qué?! Es difícil.”
¿En
quién confiar si la persona a la que tanto confías, te gusta?
Ese
tipo de cosas volvían loco al menor. Estaba muy chico, de edad, como para poder
llegar a comprender algo así, como el sentimiento del amor, aunque no lo suficiente
como para no sentirlo por alguien externo a su familia. ¿Qué hacer en esa
situación? ¿Fingir que no pasaba nada?, ¿insistirle?, ¿huir?, ¿evitar el tema?
Todas esas opciones llegaron como gotas de lluvia en una tormenta, rápido, pero
no le convencían, no le agradaban, no le parecían. ¿Qué podía hacer? Esa era la
única pregunta que de verdad le perturbaba.
El
menor llegó a su casa, ocultando sus ojos rojos de tanto llorar después de
haberse desahogado, no por completo, justo después de haberle dicho lo que
sentía al mayor. “¿Me corresponde o no?”. Le quedó esa duda, después de ver la
actitud del otro en respuesta a su declaración. Caminaba de un lado a otro en
su habitación, hasta que por fin se agotó, física y mentalmente, de haber
seguido llorando y de torturarse mentalmente con respecto a lo mismo. Se
recostó en su cama, boca-abajo, viendo hacia la ventana en la que admiraba un
paisaje sombrío; lleno de nubes grises donde no podía verse el sol ni el rastro
de la luna, haciéndose notar que vendría una gran tormenta- El mundo se
solidarizó con mis sentimientos –murmuró, cerrando los ojos, queriendo dormir,
olvidarse de todo e implorando que nada hubiera ocurrido.
Se
quedó dormido por un par de horas, pues el cansancio era demasiado. Pasadas las
dos horas despertó, en la misma posición en la que se había recostado pudiendo,
así, observar nuevamente el paisaje en donde ya se notaba la gran tormenta
arrasar con todo sin poder destruir lo hecho por el hombre. Michio dio un gran
suspiro. Se levantó de la cama con un poco de flojera. De los cajones, tomó su
pijama y la colocó sobre su cama para así poder despojarse de su ropa y ponerla
en el cesto de la ropa sucia. Se colocó rápidamente su pijama, pues con la
tormenta hacía que el aire frío, se colara por las ventanas y puertas de la
casa, provocándole escalofríos al ojiazul. Terminó de vestirse y se cubrió aún
más, ya que, hasta él, admitía que era muy friolento. Tenía un poco de hambre,
por lo que decidió bajar a la cocina por algo que comer, pues se le había ido
el sueño con tanto problema mental y sentimental. Se preparó un vaso con
chocolate caliente, y tomó un pan de dulce, terminó y subió a intentar volver a
conciliar el sueño sin éxito.
Se
movía de un lado al otro de la cama, tratando de ignorar aquellos pensamientos
con respecto al ojiverde, cambiando de posición cada cinco minutos. Así pasó la
noche hasta que faltaban pocas horas para el encuentro tan poco esperado.
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